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Pusieron a su servicio doce criados, cada uno de los cuales sujetaba con firmeza una cinta de seda que le habían atado alrededor de la pata. Se quedaría a vivir en la Corte, con derecho a jaula propia, y con libertad para salir de paseo dos veces durante el día y una vez por la noche. Nadie de cuantos interrogó había oído hablar del ruiseñor. ¡Pero qué fuerza tan extraordinaria para un animal tan pequeño! Llevaba una cintita colgada del cuello con el letrero: «El ruiseñor del Emperador del Japón es pobre en comparación con el del Emperador de la China». -exclamaron todos, y el emisario que había traído el pájaro artificial recibió al instante el título de Gran Proveedor de Ruiseñores Imperiales. -No se le puede reprochar nada -dijo el Director de la Orquesta Imperial -; lleva el compás magistralmente y sigue mi método al pie de la letra. El mayordomo subió y bajó todas las escaleras y recorrió salas y pasillos. En cuanto se le daba cuerda cantaba la misma melodía que cantaba el verdadero, levantando y bajando la cola; todo él centelleaba de plata y oro. Y los hicieron cantar juntos; pero la cosa no tuvo éxito, pues el ruiseñor auténtico cantaba a su manera y el artificial iba a piñón fijo.

-Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el mayordomo-, tengo el grato honor de invitaros a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podréis deleitar a Su Imperial Majestad con vuestro delicioso canto. En medio del gran salón donde se sentaba el Emperador, había una percha de oro para el ruiseñor. Las flores más exquisitas, dispuestas con sus campanillas, habían sido colocadas en los pasillos; las constantes carreras de los cortesanos por los corredores, para que todo estuviera en su punto, producían tales corrientes de aire que las campanillas no cesaban de sonar y no podía oírse ni la propia voz de uno.Sentado en su trono de oro leía y leía, y de vez en cuando hacía con la cabeza gestos de aprobación, pues le complacía leer aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. », y levantaban el dedo, aquel con el que se rebañan las cacerolas, y asentían con la cabeza.«Pero lo mejor de todo, sin embargo, es el ruiseñor», decía el libro. Pero los pobres pescadores que habían oído al ruiseñor de verdad, dijeron: -No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué… El pájaro mecánico estuvo en adelante sobre un cojín de seda junto a la cama del Emperador; todos los regalos que le habían hecho -oro y piedras preciosas- se encontraban a su alrededor, y había sido nombrado Cantante de Cabecera del Emperador, con la categoría de número uno al lado izquierdo, porque el Emperador consideraba que este lado era el más distinguido, por ser el del corazón, y hasta los emperadores tienen el corazón a la izquierda.El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo, todo él de la más fina porcelana, tan precioso pero tan frágil que había que extremar las precauciones antes de tocar nada. -¡Pues ordeno que venga aquí esta noche a cantar para mí! -Pero el libro donde lo he leído me lo ha enviado el poderoso emperador del Japón -dijo el Soberano-; por lo tanto, no puede contener falsedades. Finalmente dieron en la cocina con una pobre moza, que dijo: -¡Dios mío, el ruiseñor! Todos se dirigieron al bosque, donde el ruiseñor solía cantar; media Corte formaba la expedición. Cantó treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse en absoluto.

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